Costa Brava: el secreto mejor guardado del Mediterráneo

Por: Ferrán Nabis, desde Barcelona y Pitty Pop, desde alemania

Llevo tres años viviendo en Cataluña, y este verano boreal me decidí a explorar un pedazo de la Costa Brava, que se extiende desde el puerto de Blanes hasta la frontera francesa. La elección fue difícil, teniendo en cuenta las incontables bahías, caletas, penínsulas y cabos que se desparraman entre sus más de 200 kilómetros de litoral. Armado de valor, mochila y mapas, afronté un viaje de aventura y teniendo como objetivo una relación intensa con la naturaleza.
La Costa Brava recibe este nombre debido a su paisaje agreste y montañoso, pues la cadena montañosa de los Pirineos se estrella literalmente en el mar, con rocas y bosques de pinos que dan paso a pequeñas playas lamidas por aguas transparentes. Un paisaje que podría ser definido de dramático, y cuya belleza salvaje está asegurada al estar alejada de carreteras y líneas ferroviarias.
La llave para acceder a la Costa Brava es la ciudad de Figueras, célebre por alojar el Museo Salvador Dalí, dedicado a mantener la memoria de este artista surrealista catalán. Desde allí me dirigí en tren al pequeño puerto de Colera, emprendiendo una caminata hacia la bahía de Garbet, a través de un camino de montaña que bordea el mar bajo el sol del mediodía. El fuerte viento, conocido por los locales como tramontana soplaba desde levante y la cuesta arriba hacía aún más difícil la marcha.
La adrenalina que causaban los nuevos paisajes provocaba emoción e impaciencia por descubrir playas secretas; las vistas sobre esta costa caprichosa de farallones de piedra se recortaban contra estrechas lenguas de agua. El agua comenzaba desde el tono turquesa, seguía al verde hasta terminar en un azul profundo. Los acantilados dejaban ver unas playas de vértigo, preciosas y sólo accesibles desde el agua, o desde la costa cuando baja la marea.

Luego de una hora de ascenso y descenso de aventura llegué por fin a la bahía de Garbet, encerrada por el Cabo Ras, o Cap Ras en lengua catalana. Atravesamos un viñedo plantado en primera línea de mar se abría una playa desierta formada formada por piedras redondas y grises, matorrales de aromático romero silvestre y una pequeña hostería, futuro refugio de mi temporada marinera de siete días.

Toda la bahía de Garbet está encerrada entre murallas de piedra mastodónticas, cual enormes guardianes que protegen del viento, viento que a estas alturas ya es un compañero más. La profunda ensenada que remata en una península boscosa sólo es posible de transitar desde senderos que convierten al más inexperto en intrépido explorador en la búsqueda del lugar perfecto y sin turistas a la vista.

EL CAP RAS

Desmesurado, imponente, sobrecogedor serían definiciones para describir el paisaje que nos acerca al Cap Ras. La perfecta combinación de roca y arena, abismos, playas y agua conforma una paleta de color, mejor dicho de colores que se entreveran con las manchas de vegetación, presente en los lugares más increíbles: pinos que asoman desde desfiladeros o bien tapices de plantas acuáticas que ondulan sus cabellos al vaivén de las olas.
La costa sorprende, se abren calas y calitas exclusivas con espacio solamente para dos personas y que compiten en delicia con infinitos miradores sobre el mar que las guardan y protegen. Cada metro de este litoral ofrece una perspectiva distinta y una variedad de sonidos que nos llegan desde el bosque o de oscuras cuevas.
Un equipo de snorkel (y si quieren, un traje de baño) es todo lo que necesitamos para adentrarnos en esta agua cristalina y muy salada, llena de peces y algas, y que en estas calas se ofrece con toda la seguridad para todo tipo de bañistas, desde el más recatado al más temerario. Y luego de la excitación del mar, de la tierra firme y de los cielos portentosos, llega el momento de satisfacer otros sentidos.

Podemos lograrlo comiendo peces, peces y más peces; grillados, al horno, fritos, al vapor o en cazuelas acompañados de verduras y regados por los vinos de la zona, que deleitan la boca y olfato y nos preparan para una siesta reparadora.
En el sueño profundo nos olvidamos de todo, de la tensión de la ciudad, de la realidad diaria de nuestras vidas urbanas y consumistas. Despertamos y no entendemos donde estamos: la Costa Brava sorprende aún por sus niveles de virginidad y sus secretos. Es hora de volver al agua.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. César dice:

    fernando, interesante tus impresiones y los detalles de tu exploración.
    Me aegra saber que hay gente que disfruta de la observación y de la contemplación.
    Mi felicitaciones por el escrito.

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  2. Juancho dice:

    Hola, me ha gustado mucho tu artículo porque me siento identificado. Hace ya algunos años que paso unos días en la Costa Brava. Suelo alquilar un coche y recorrer estas impresionantes calas. Además, me encanta la gastronomía y mi paladar queda más que satisfecho. Suelo alojarme en el Hotel Garbi, en Calella de Palafrugell. En semana Santa aproveché una oferta de este hotel e hice un par de excursiones en bicicleta.
    Lo recomiendo totalmente
    saludos!

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