2por2- Obras de Luvier Casali y Noemí Vega

Notre petit immigré, obras recientes de Luvier Casali

1-El viaje

Somos nómadas surgidos del derrumbe del sedentarismo”

Vilem Flusser

Luvier Casali, luego de la distancia física y temporal de dos años, presenta sus últimos trabajos hechos en Francia. Se trata de una serie de estampas sobre papel en formato libro y en obra gráfica; una trilogía de videos experimentales; así como unos registros fotográficos sobre dicha experiencia editorial y audiovisual.

El proyecto es denominado Notre petit immigré, frase en francés que para el artista resume las circunstancias de vida experimentadas al desplazarse a otra tierra. El viaje de un lugar a otro del planeta, el éxodo como excusa para esta narración de identidad, una búsqueda que han hecho suya millones de seres humanos. Un tránsito hacia nuevas dimensiones de crecimiento, tanto emocionales como creativas.

Esta obra, como decíamos, consta de una sección gráfica, fotográfica y audiovisual. Sus diferentes grados de expresión exploran diversos ámbitos de la imagen: desde la línea y gestualidad del dibujo (a través del grabado) hasta la imagen digital de la fotografía fija y en movimiento. Tres estadios que intentan atrapar peripecias existenciales y de la conciencia del desplazamiento.

Al tratarse de un ejercicio autobiográfico, hay una relación entre lo real y la imagen muy presente: se nos propone asistir a una parte de la propia vida de Luvier Casali, se sugiere una pseudo-antropología a través de estos gestos visuales. Un gesto que nos dirige directamente al cuerpo, el cuerpo del artista asumido como sujeto universal, desgarrado en el narcisismo de su exposición permanente.

Todas estas imágenes pretenden constituirse en un archivo. Un archivo singular, en el que caben documentos pero que son claramente ficciones, por tanto no se puede garantizar que todo esto sea un reflejo de la realidad. El mundo privado e íntimo del artista solamente puede interesarnos si nos acerca, si nos hace tomar una posición sobre lo real, o sobre que de real subyace en estos símbolos.

El grabado, la fotografía y los medios audiovisuales son prácticas hermanadas y que solamente tienen desplazamientos tecnológicos a lo largo del tiempo. Estos haceres plurales de la obra de Casali se dirigen a un mismo objetivo temático, siendo la trama discursiva sostenida en la idea de correspondencias entre ellos, vinculándolos técnicamente.

Extranjero

La figura del artista representa en sí mismo la idea del emigrante. Es alguien que ha migrado de las reglas del mundo convencional, se ha apartado del núcleo social y desplazado de este centro por elección propia. La vida sedentaria, el mundo “real” no es suficiente para el artista, que es siempre un extranjero hasta en su propia sociedad.

La trilogía de videos que realizó el artista meses atrás remontan al receptor a una dramatización del arquetipo del migrante, uno de características sufridas: el balsero que depende de su sola fuerza física. Un marinero en su embarcación precaria, sus naufragios y la llegada a tierra firme serían las metáforas que identifican peripecias existenciales.

La serie se compone de los videos Notre petit emigré, El balsero, y Le pelerin; se trata de registros de performances interpretadas en escenarios escogidos. Imágenes de fuerte materialidad en blanco y negro y color, a veces encuadres de ojo de pez; y que también son de naturaleza sonora, con melodías dramáticas, ecos y silencios. Video-retratos de una épica mínima, atlas de ficciones fragmentadas.

Son piezas de videoarte fronterizas con lo experimental, acciones de cierta dramaturgia pasando por diferentes niveles, desde aspectos no narrativos a otros más narrativos. En ellas articulamos la historia: una precaria embarcación transporta la ilusión de nuestro Ulises, que también tiene mucho de Narciso en su espejo acuático turbulento.

El último video, titulado Le pelerin, registra su recorrido en una iglesia vacía, que el artista despojó de todos sus ornamentos muebles y decorativos. Y acota, “siempre cargando mi balsa o quizás todo el pasado que traigo conmigo como inmigrante que soy”.

El nomadismo es el corazón del proyecto Notre petit emigré, serie de pequeñas películas que intentan aproximarnos a las dificultades del exilio, esparciendo los fragmentos de subjetividad en esta marcha. Los elementos simbólicos reconocibles en estas obras emergen claramente: el hombre, el agua, el barco, la orilla, una iglesia.

Esta representación del viaje, tiene un hondo sentido de experiencia personal: quien viaja fuera de su país de origen tiene la oportunidad de ser un huésped del mundo. Pero no es fácil hacerlo afuera del nido familiar y social: emerge constantemente la obsesión del recuerdo idealizado del país. Sobre todo hay que sobreponerse a la pereza de aferrarse a quien uno fue, a la seguridad de una ima­gen firme.

Para conseguir esto, y no caer en la nostalgia de la identidad única, el emigrante debe establecer su pensamiento en las antípodas de la patria que dejó atrás, y todo la representación de la memoria de costumbres y hábitos. Adquirir otros, aún a costa de renunciar a los antiguos, integrarlos y disfrutarlos.

Como extranjero en el extranjero uno descubre ante todo lo extraño que hay en sí mismo, y puede realizar una terapia de auto-conocimiento y crecimiento. Sin Itacas a las que volver y sin Penélopes que esperen, nos resta desear que el camino de regreso de nuestro artista viajero dure mucho tiempo.

Fernando Moure

Colonia, febrero de 2009

Noemi Vega

2-¿Ve usted lo que yo oigo?

A propósito de tres videos de Noemí Vega

En las artes contemporáneas, el video es mucho más que un soporte o una técnica. Este medio representa una forma expresiva de gran riqueza, al poseer imágenes en movimiento y sonoras, siendo su potencialidad de montaje, añadiendo o sustrayendo elementos, de gran interés cuando es utilizada conscientemente.

El videoarte, el video experimental y el arte digital tienen una presencia demasiado tímida en nuestro medio, y aunque haya quien diga que no existan, o que se trata de una moda, lo cierto es que el interés y vocación por parte de un reducido núcleo de artistas que trabaja en solitario y sin transferencias, es evidente. Por supuesto, estas expresiones electrónicas no ha accedido aún en Paraguay a un mercado específico, o siquiera ingresado a la colección de un museo. Salvo escasas, pero reales iniciativas y proyectos particulares de promotores o galerías de arte que inscriben el videoarte mediante exposiciones puntuales o divulgándolo a través de la escritura.

En esta exposición, Noemí Vega se apoya en la tecnología fotográfica y la de los medios cinemáticos como el video. Temáticamente, su investigación parece detenerse en el reconocimiento y asimilación de la realidad física, traducidas a dimensiones subjetivas.

Los tres videos monocanales de Noemí Vega fueron realizados en el 2008: el primero de ellos (Automatic door) contiene elementos formales que lo acercan a un collage de imágenes definidas e identificables; mientras que los restantes (Sin título, y Variación nº1) van fundiéndose hacia los detalles, obteniendo espesura abstractiva y, por consiguiente, misterio. Como sonido, emplean música de otros autores, en una estrategia de apropiación muchas veces común en la creación contemporánea, sonidos que tienen un fuerte carácter de interrelación con sensaciones visuales .

Formalmente, los videos son visual y sonoramente dinámicos y se detienen en observar los procesos psicológicos del color. Es como si la artista tomara una lupa de aumento y una linterna para observar la realidad doméstica y cotidiana en las que una ventana, un plato, un vaso o un recipiente con líquidos adquieren dimensiones sonoras.

Automatic door toma como motivo central el encuadre de una puerta con cristales que tienen grabadas estas mismas palabras. Un cuadro fijo de ventanas desde la que puede verse paisajes y cosas, como fragmentos de un viaje.

La sensación de tránsito es dada por el ritmo de las apariciones de naturaleza y espacios urbanos; pero sobre todo es la relación día-noche la que marca con más fuerza el paso del tiempo. Compuesta de cuatro cuadros-ventanas, se sugiere una visión interior hacia un exterior de ensueño, onírico y extraviado.

Las imágenes que vemos tras los cristales funcionan como texturas y se distinguen cielos, follajes, rocas, aguas, etc., mientras los motivos urbanos se componen de graffitis, hojas volanderas de fiestas populares, cortinas o paredes de colores. En esta observación, dice Noemí, “es como si toda la vida pasara afuera”, lo que podría aludir a una condición psicológica de valoración estética, al estar mirando y a la vez creando internamente otra realidad exterior.

Sin título es un video que que se vale de una única imagen central circular y estudia el ritmo musical de una pieza para piano de Erik Satie. De intensa fosforecencia, el círculo de color turquesa concentra la atención al girar sobre su eje, produciendo alteraciones ópticas debido a la rapidez de sus movimientos.

El avance y retroceso en direcciones inversas logra una sinfonía de frescura azulina, evolucionando espontáneamente a través de brillos y reflejos. Este videoarte tiene como origen fotografías fijas, que fueron animadas para acompañar la cadencia de este tema musical. Es una obra que crece, puesto que desde su primera versión (fotográfica) ha evolucionado hasta convertirse en un remolino de fresca fantasía.

En Variación nº 1, una señalética se transforma en volúmenes abstractivos constituidos por elementos líquidos o luminosos, que envuelven al receptor explorando las posibilidades del movimiento. La percepción se pone a prueba al transformarse lo aparentemente sólido en fluído y gaseoso.

El intenso tono rojizo de estas manchas y la delicada música de Ryuchi Sakamoto hacen de la observación de este video un discurrir onírico hacia explosiones de lava al rojo vivo, procesos micromoleculares, ríos de granadina, o secreciones orgánicas. Noemí Vega maneja como una pintora estas masas de color cual óleos o acrílicos, en infinitas variaciones o mutaciones aleatorias.

Fernando Moure

Colonia, febrero de 2009

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